Historia tejida en palma; un acercamiento al oficio artesanal de mujeres y hombres de tradición

Historia tejida en palma; un acercamiento al oficio artesanal de mujeres y hombres de tradición

Por: Jessica Reyes

Flora del monte que regala oficio al precio de un par de manos ajadas.

En la localidad de Copalcotitla, a unos 100 kilómetros de la capital de Puebla, la familia de Luz del Carmen Martínez Domínguez se dedica al oficio de tejer palma desde hace varias generaciones. Su hija, abuelos, sobrinas, tíos y tías aceptaron la herencia del saber entrelazar varitas de vegetal crudo y cocido, de ese que las montañas de su pueblo les regala para crear petates verdes, chiquihuites amarillos y monederos de colores.

Sobre el callejón artístico John Lennon, alineada al ejército de resguardo de sombrillas azules, Doña Luz vende dos sábados al mes las creaciones de las manos tejedoras de su gente. “Yo confecciono, la familia es la que teje”, explica mientras muestra a los curiosos unos aretes en forma de canasto con adorno de flores color melón.

Allá en su tierra, la palma ya deshojada y desorillada hierve al ritmo de la leña. Entre cada burbuja de calor el tono verde del vegetal crudo se torna pálido mientras se cuece. Una vez hervido, se ‘manojea’, se escurre y se pone a estirar a la sombra para esperar el tiempo que le dé la calidad de oreada; permiso visible en la textura de la hoja que deja a las manos comenzar a tejer.

— Le vale 40 pesos, aclara Doña Luz a los curiosos.

Tras casi seis meses de resguardo, las piezas artesanales de Copalcotitla volvieron a circular por la 3 Oriente del Centro Histórico, representado en la indumentaria del ajeno un pedacito de la cultura identitaria de la familia Martínez Domínguez.

Otro contenedor con agua y polvos de colores arde en el patio de tierra de la familia para teñir de rosa y morado a las otras hojas de palma que se entrelazarán con las desnudas, las naturales. El colorante que se disuelve para dar tono preciso se llama anilina. En esa mezcla, el vegetal debe nadar lo suficiente para absorber una tonalidad de exceso. El jabón corriente terminará el trabajo, haciendo llorar al color que sobra para evitar que este manche y arruine las otras hebras.

Durante el tiempo que el puesto de Doña Luz se quedó sin poder ofertar en la vía pública debido a las restricciones para contener al virus COVID-19, ella tuvo que cambiar sus productos de palma por tacos, y su mesa en el callejón John Lennon por más de un sitio en estado de obra y construcción. “Me fui a vender a donde estaban los albañiles […] así, con un tupper, carne y tortillas calientes me gané mis centavos”.

Cuando se ‘orean’ las teñidas y las no teñidas comienza el armado de las piezas. Una hebra sí, una hebra no, una de color, una limpia, así hasta que las rodillas y las manos dan, porque entre la hincada del artesano y el recorrido áspero de la hoja en sus manos, también se teje el cansancio. “Las manos se ‘ajan’ cuando la palma está muy seca y, por ejemplo, las piezas pequeñas son de mucha vista, de mucho cuidado, porque hay que partir la palma lo más finito que se pueda […] se entreteje y entreteje y entreteje, y las varitas con las que se empieza se jalan para que apriete y se le va metiendo más hoja para que el tejido se empiece a ‘achiquitar’, se sacan más hebras y así se va avanzando hasta que se remata y se cierra”.

A Doña Luz le tocó regresar al callejón artístico únicamente dos sábados al mes, una semana sí, una semana no, cual entretejido de palma. El retorno, comenta, se dio entre sombrillas azules más distantes, protocolos de salud obligatorios y una temporada de lluvias vehemente. En su día y sin suerte, desde la una de la tarde no ha parado de chispear y diluviar por episodios. Se han cebado las ventas y los pocos dispuestos a hacer el gasto se aferran a la idea del regateo como si fuera el credo del consumidor inteligente.

Navidad y Año Nuevo son las fechas de retorno a Copalcotitla. Las festividades enmarcan el reencuentro familiar y una oportunidad para Doña Luz de abonar a los bolsillos de su gente artesana a cambio de llenarse con nuevos tejidos y productos de palma para ofrecer en la capital. “Mantener el puesto no es sólo para que yo me gane mis centavos, es para que a la familia le toque y así nos sigamos ayudando. Ellos le dan a la palma, yo la ofrezco y confecciono para que la gente la agarre”, detalla.

La participación de las instituciones públicas con las comunidades artesanas se ha dado tanto desde el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) como el gobierno municipal de Puebla, en diferentes temporalidades y atenciones.  Hace más de un lustro, el INAH llegó a Copalcotitla a capacitar y reconocer, con papel de categoría sellado, a los tejedores de la localidad. “Mi hija y la familia tienen su certificado de artesanos de la palma”, refiere Doña Luz.

Para este 2020, dado el impacto económico que ha tenido la pandemia por el nuevo coronavirus y las restricciones en el espacio público con las que la comunidad artesana se enfrenta en la Nueva Normalidad, el gobierno local de la Angelópolis lanzó una convocatoria para inscribir de forma gratuita a los comerciantes de este sector en un catálogo virtual que les permitirá promover, difundir y vender su trabajo a través de una plataforma digital.

Actualmente, esta estrategia se encuentra en la fase de registro, el cual puede realizarse a través de este enlace http://centrohistorico.pueblacapital.gob.mx/formulario-artesanos. Una vez concluido el proceso, el gobierno publicará una página web donde exhibirá los productos de las y los artesanos, así como sus datos de contacto para concretar la venta en línea.

A la par de esta estrategia, el gobierno municipal también ha firmado y entregado mil 500 cheques, por un monto de tres mil pesos cada uno, a diversos artesanos y comerciantes de mercados temporales, corredores turísticos y callejones artísticos de la ciudad, apoyo que continuará hasta que finalice la administración actual, 5 millones 810 mil 467 pesos por año —lo que antes eran compensaciones anuales de 23 regidores del Ayuntamiento de Puebla y de la alcaldesa misma, Claudia Rivera Vivanco — fueron y serán convertidos en el 2021 en recurso para subsidiar este programa de apoyo.

En tanto, bajo su sombrilla azul, Doña Luz aguarda a que las ganancias mejoren en este día y en los que vienen. Que la lluvia cese y le deje vender, que el virus no la alcance mientras lo hace, que las fibras plásticas no terminen de desplazar a la palma, que la cultura de su pueblo no se pierda y se valore y que su familia, como ella, siga resistiendo para verse una vez más cuando este año termine.