¿María una zapatera?: Rompiendo estigmas de la ocupación femenina en ‘espacios de hombres’

¿María una zapatera?: Rompiendo estigmas de la ocupación femenina en ‘espacios de hombres’

Por: Jessica Reyes

Para María Antonia de la Cruz trabajar en su oficio no es un asunto de intromisión en ‘cosas de hombres’. Desde hace 25 años ha hecho lo posible para perfeccionar sus habilidades y adquirir –poco a poco –su maquinaria y herramientas. Lleva ocho años dirigiendo su propio local y colaborando en el taller de la familia.

Pese a ello, refiere, todavía hay gente que se presenta en su negocio y al verla le preguntan “pero ¿si le sabe?”.

María es zapatera, sabe renovar calzado, reparar mochilas, limpiar pieles, cortar, coser, pegar y devolver a la vida zapatillas, mocasines, botas, bolsos, cinturones y hasta carteras, y lo sabe hacer a mano o a máquina, dependiendo del tipo de trabajo.

Para ella, ejercer el oficio es una cuestión de voluntad, pasión e independencia. Según relata, la necesidad fue su mentor y la observación el sentido que la guio a ser una maestra zapatera.

A lo largo de su ejercicio se ha enfrentado con cuestionamientos, negativas y hasta rechazos frente a la idea de que sea una mujer quien realice esta labor. El estigma de género lo carga y ha sido pesado, explica.

Tanto mujeres como hombres, señala, se han detenido en más de una ocasión para retirarle el trabajo al ver que en el mostrador sólo se postraba ella con su remachadora en mano.

“Yo creí que usted sólo atendía, ¿no es su esposo el zapatero?”

Los estereotipos de género son opiniones o prejuicios generalizado acerca de atributos o características que hombres y mujeres deberían poseer y de las funciones sociales que ambos deberían desempeñar. Así los ha definido la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y para María, estas construcciones sociales sólo le han generado en su vida más de un conflicto emocional y económico que –considera – a un hombre no se le obliga a resistir.

Y es que su condición biológica fue tomada en diversas ocasiones como una justificación para subordinar su trabajo a no ser lo suficientemente bueno ni merecedor de una paga justa.

Años atrás, reconoce, la búsqueda de sus clientes por una figura masculina al frente de las máquinas de coser le generaba dudas sobre su propia capacidad y calidad en sus composturas.

– “Me tuve que ganar la confianza, principalmente de los hombres, después mi trabajo fue el que habló, pero al principio me costó mucho […] hacían que me cohibiera y me sentía mal cuando no me dejaban el trabajo”.

María narra que en la actualidad es poca la gente que se frena al verla, sin embargo, confiesa que ella misma se ha visto arrastrada por la inercia de la desestimación y que muchas veces no cobra su mano de obra como debería.

“A veces me quedo corta en los costos, pero aun así hay gente que viene y me repela, y eso me hace dudar más”.

Una dinámica de confrontación, presión y regateo aparentemente inofensivo ha perseguido a María desde sus inicios en este oficio. ¿Será que sus colegas varones también se han desenvuelto bajo un ambiente pasivo-hostil de este tipo a lo largo de sus carreras?

Históricamente, los ecosistemas laborales nunca han sido justos o paritarios entre hombres y mujeres y, a la fecha, el panorama no ha cambiado mucho. De acuerdo con el informe La Lucha por la Igualdad de Género, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en México las mujeres enfrentan tres fenómenos importantes que marcan la desigualdad de género:

  • Una brecha salarial, en la que el ingreso anual promedio de las mujeres es 54.5 por ciento más bajo que el de los hombres.
  • Un reparto desigual del trabajo no remunerado, donde las mujeres dedican hasta 42.8 horas a la ‘otra jornada laboral’ para las labores domésticas, cuando los varones sólo destinan 16.5 horas –según datos del Segundo Informe del Observatorio de Trabajo Digno de la organización Acción Ciudadana Frente a la Pobreza –.
  • Una cultura de violencia, donde, por ejemplo, una de cada cuatro mujeres ha experimentado algún tipo de coacción en el ámbito laboral, principalmente de tipo sexual o discriminatoria –de acuerdo a lo informado por Luisa María Alcalde Luján, secretaria del Trabajo y Previsión Social del gobierno de México –.

Bajo este panorama, María se desenvuelve rompiendo estigmas y haciendo frente a un sistema machista que la ha preguntado por 25 años, una y otra vez, donde está el zapatero.

Entre pinzas de presión y corte, agujas, martillos y estrellas para hacer ojillos, ella seguirá ejerciendo una labor que ha hecho suya y para otras mujeres. Sus manos de zapatera seguirán renovando pieles y sintéticos para conseguir resultados como de fábrica hasta que sea el cansancio –y no la voz de un hombre –quien le marque el tiempo del merecido retiro.