“Habrá una vez”, resistencia pregonera del cuenta cuentos

colectivo Habrá una vez

Juglares eran todos los que se ganaban la vida actuando ante un público para recrearle con la música, o con la literatura, o con la charlatanería, o con juegos de manos, de acrobatismo, de mímica, etc.

Poesía juglaresca y juglares, Ramón Menéndez Pidal


Por: Jessica Reyes

La calle como escenario dejó de ser tarima para las expresiones culturales de herencia juglaresca, a raíz de un cambio por catástrofe que instauró un agente patógeno hace ya nueve meses en Puebla.

Con la presencia del COVID-19 llegó la ausencia a los teatros, las plazas públicas y los foros independientes. Esta ruptura en la unión orgánica que existía entre el artista y su público dejó en pausa la interacción viva de las emociones y forzó al ejecutante a reinventarse en el monólogo holográfico.

“Estábamos acostumbrados a ver las reacciones […] a leer la energía de los niños. Fue algo distinto porque no puedes ver a tu público, no sabes si estás funcionando”.

Como cuenta cuentista del colectivo Habrá una vez, ‘Lipa’ y sus seis compinches tuvieron que desarrollar una capacidad camaleónica de adaptarse y diversificarse conforme al entorno para subsistir en el canto de sus historias.

“O nos adaptamos a lo virtual o nos quedamos esperando a ver hasta cuándo podemos presentarnos con el público”, relata Pamela Olguín, quien se desprende de su nombre artístico para charlar con El Incluyente.

La ocurrencia y la experimentación llevó a esta comunidad narradora a realizar videocuentos, producto que les iba permitir resistir en el intento de recuperar la tradición del teatro y crear comunidad a través de la oralidad para reconectar con la infancia hasta lograr la evocación de la risa, la memoria, el aprendizaje y la creatividad.

“El proyecto en sí es un rescate de los valores y la dinámica de contar cuentos, de convivir y transmitir esas enseñanzas que a nosotros nos marcaron de niños […] Ahora estamos compitiendo con el internet y con la falta de interés hacia la lectura”.

Pedagógicamente hablando, la labor social que impulsa Habrá una vez puede llegar a tener un alcance lingüístico, imaginario, expresivo o cultural cuando se logra la escucha activa de los infantes.

De acuerdo al esquema que plantea Juan Cervera Borrás, doctor en Didáctica de la Lengua y la Literatura, en torno a los objetivos en la selección de los cuentos orales de la literatura infantil, el alcance lingüístico tiene que ver con que el infante descubra la lengua, el imaginario pretende que potencie su imaginación, con el expresivo captan modelos de comunicación y en el cultural se le hace partícipe de la diversidad de manifestaciones humanas, propias o ajenas.

Frente al reto de la cancelación del espacio público como plataforma escénica, Lipa comenta que ‘la pausa obligada’ la aprovecharon para seguir capacitándose en materia de actuación y diseñaron cuentos audiovisuales de corta duración que tuvieran un contenido capaz de mantener la conexión estética y emocional con su audiencia, a pesar de ser a distancia.

“Vimos que funcionó porque tuvimos más likes en nuestra página, más reproducciones, nos empezaron a recomendar y llegamos al punto en que un canal digital de Atlixco nos invitó a tener un programa infantil en Hechos de Atlixco TV”.

Ha sido con base en la pluralidad creativa que tiene y aporta cada integrante del colectivo que han agregado más productos de interpretación y valor dramático: retos verbales, relatos para interpelar emociones, manualidades, adivinanzas, entre otras actividades vinculadas a la estimulación cognitiva y creativa de la infancia.


Lipa, Hola Lili, Vicky E, Eliliz, Maringoletita, Rob y Manu Manito

Sobrevivir del arte ya era difícil

“Todo indica que la pandemia va a continuar hasta el próximo año, y estoy consciente de que la sana distancia, las no aglomeraciones y las audiencias reducidas van a generar que las entradas ya no sean negocio”.

Cuando Pamela se quita el overol y deja de ser Lipa, se dedica a ejercer su profesión como bióloga, maestra en derecho ambiental. La pasión de contar cuentos se fusiona y comparte con la satisfacción de practicar las ciencias.

Ha sido su experiencia laboral en ambas esferas de desarrollo lo que le ha permitido aseverar que, “para quienes se dedican enteramente al arte, vivir sólo de ello, es muy difícil […] se tienen que estar haciendo otras cosas para sacar para las deudas y mantenerse”.

Así como convergen diversas personalidades dentro del colectivo, también las diferentes profesiones paralelas a la reproducción de la tradición juglaresca. Para el integrante que se ha volcado enteramente a desarrollar un perfil artístico, el camino a la subsistencia ha sido agobiante y por demás engorroso, explica Pamela.

“Creo que la cultura a nivel nacional está sufriendo mucho, considero que los programas de fomento son insuficientes y muy reñidos, destinados sólo para “los mejores” […] El panorama se ve complicado, porque con las prohibiciones y reducciones de aforo ¿quién va a querer invertir en contratar un espacio, en colocar escenografía y todo lo que implica? Habrá que seguir adaptándose”.

En lo colectivo, el conseguir labrarse una trayectoria les ha llevado a experimentar en tres años las transformaciones del medio cultural, el crecer como personas y cuentistas, padecer de espacios y apoyos para sostener la expresión artística, y conectar como una comunidad dispuesta a continuar en escena:

“Consideramos que el colectivo tiene futuro, la diversidad que tenemos como grupo es lo que nos hace diferentes al resto de los cuentacuentos”.