Enseñanzas pandémicas desde el asiento trasero de un Vento

Enseñanzas pandémicas desde el asiento trasero de un Vento

Miles de encuentros de retrovisor le han permitido a Toño a aprender del dolor ajeno y cómo lidiar con las consecuencias de la pandemia por COVID-19.

Óscar Antonio Rodríguez tiene 56 años, es oriundo del Estado de México y lleva trabajando poco más de un año como conductor de servicios de transporte por aplicación. Los últimos nueve meses se la ha pasado de viaje en viaje por la ciudad y más lejos teniendo miradas fugaces por escenarios tanto contradictorios como oníricos: hospitales a punto de erupción como hormiguero, negocios en resistencia o ya en quiebra, reuniones eclesiásticas clandestinas, reencuentros familiares tras la supervivencia de algún integrante al virus y hasta la huida de una mujer de su hogar.

“Se sube gente que me dice que me cuide mucho, que use guantes para agarrar el dinero o que no deje que ocupen el asiento del copiloto por seguridad, pero también muchas otras me exigen que no exagere, que lo del COVID no existe o que la suerte dirá si me enfermo o no […] que el cubrebocas no sirve de nada”

Ante el cúmulo de dichos, diretes, consejos, mandatos y experiencias, Toño decidió ser cauteloso desde los primeros meses de la llegada de la enfermedad a Puebla. De las y los médicos que abordaban su unidad tomó las advertencias sobre la indiferencia hacia el riesgo de contagio y las aplicó en protocolos que incluso se anticiparon a las políticas emergentes que dictó más adelante la empresa de transporte.

“Es un coche familiar, lo usa mi esposa, ahí lleva a mis hijos o sube a mi suegra para llevarla a consulta […] me di cuenta que la cosa podía afectar tanto a mis clientes como a mi familia si yo no me ocupaba de evitar riesgos.

Aunque es un gasto extra, siempre cargo gel (antibacterial), sanitizante y tengo un plástico que divide los asientos delanteros de donde se sube el cliente […] cada que termino mi jornada, me dedico a limpiar bien el carro antes de que se suba alguien de la casa”, explica.

Del resto de las y los pasajeros, experimentó de sus aciertos y pesares narrados para modificar sus propias conductas y las de sus seres queridos. Entre viaje y viaje había observado desde el retrovisor las consecuencias de la mala suerte –o de las omisiones simples y de las no tan inocentes en el cuidado de la salud –que lo llevaron incluso a fungir como carroza funeraria.

“Me cayó un viaje a San Martín Texmelucan donde me tocó llevar a una señora con todo y su urna (cineraria) […] sentía que me hervía la piel todo el camino con la presencia de ambos en el coche”.

Cuando el dolor deja de ser ajeno

Antes del rebrote en los meses de posconfinamiento, Toño y su núcleo cercano permanecieron arraigados a sus costumbres de higiene y aislamiento pese al cambio en el semáforo epidemiológico a amarillo en la ciudad.

Debido a que el trabajo lo mantenía en un constante peligro de contagio por el encuentro físico con sus clientes, decidieron como familia no retomar la vida pública de inmediato.

“Nos habíamos estado cuidando tanto que sabíamos que una ‘salidita’ no valía la pena”.

Pero el virus está en todas partes y se aprovecha de las flaquezas impropias. Sin tener certeza de cuándo o por qué descuido sucedió, Toño comenzó con síntomas de fiebre y de cansancio extremo. Una semana después, la prueba diagnóstica PCR confirmó inefable.

“En una ‘pajarera’ de Infonavit de 180 metros cuadrados fue difícil mantenerme lejos. Yo sólo pensaba en mis hijos, mi esposa es hipertensa y mi suegra tiene 83 años, ¿y si las enfermo? La duda es de lo más cabrón […] súmale a eso que tuve que dejar de trabajar y pues los gastos no me perdonaron”.

Dos ingresos que sólo suman uno

“Antes de tener mi primer hijo fui taxista en el DF. Después, con mi esposa iniciamos nuestra propia empresa, soy electricista y ella contadora, pero incluso antes de la pandemia, la chamba cayó muchísimo, por eso volví a ser chofer”, cuenta Toño para El Incluyente.

Como consecuencia ineludible para la familia Rodríguez en estos tiempos de pandemia, llegó un estancamiento económico al que no se le deja de sumar la hipoteca del departamento, la mensualidad del coche, los gastos del ciclo escolar a distancia y las medicinas que ocupan dos integrantes del núcleo social.

“En estos nueve meses de pandemia nomás nos salieron dos proyectitos del oficio […] los primeros meses la sufrimos un montón: sin nada qué hacer en el negocio y luego no podía salir en el coche los jueves y sábados por el No Circula […] y sin gente afuera, a veces nomás regresaba con cinco viajes en todo el día, y de esos de 30 o 40 pesos cada uno”.

Esta dinámica de subocupación como la que realiza Toño es un fenómeno laboral que en noviembre de este 2020 aumentó cerca del 60 por ciento, en comparación con el mes de marzo.

Es decir, al penúltimo mes del año, 8.4 millones de mexicanos ya ocupados tienen la necesidad y disponibilidad de trabajar más tiempo. Lo cual, en marzo, cuando la pandemia apenas comenzaba en el país, sólo acometían 5.1 millones de personas, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

El aumento de este indicador, como otras tasas y brechas en la materia, ‘no son una buena noticia para el panorama de la recuperación del mercado laboral, según lo expresó en su cuenta Twitter el subgobernador del Banco de México, Jonathan Heath.

Y así, para Toño, es una realidad en cifras que le reafirma que con dos trabajos apenas y llega juntar lo que antes producía con un solo empleo.