Brigadistas contra el riesgo; un oficio que se anticipa a la tormenta para garantizar la calma

Brigadistas contra el riesgo; un oficio que se anticipa a la tormenta para garantizar la calma

Por: Jessica Reyes

Puebla es un territorio en disputa.

Los hombros de sus barrancas y las ramificaciones de sus ríos guardan memoria. Con sus flujos naturales –de tiempo o de clima –reclaman sus espacios, y como fenómenos activos, comprometen la vida humana que se establece a la orilla.

A nivel topográfico y geotécnico, Puebla es un territorio de suelos ricos en tepetate, que por zonas suelen ser arcillosos, de carácter travertino (roca caliza) o hasta barroso, con procesos erosivos y de inestabilidad que producen desgajamientos por la intemperización o eventos meteorológicos:

Los taludes de tierra se deshidratan, sufren hendiduras y se cuartean en bloques de suelo compactado.

A nivel hidrogeológico, Puebla se divide en tres sistemas de cuenca que descienden desde la Malinche y cruzan toda la ciudad, hasta el lago Valsequillo. La cuenca Río Atoyac, la cuenca Río San Francisco y la cuenca Río Alseseca bañan a la Angelópolis y le conceden su calidad de valle.

Los ramales de barrancas de estos tres cauces hacen fluir por en medio del Municipio los escurrimientos que nacen de las cotas altas del Matlalcueye. Cuando la temporada de lluvias golpea la capital y ve esas ramblas reducidas a tiraderos de escombro o basura, brotan las inundaciones y los desbordamientos.

Las intervenciones antrópicas en el entorno que rompen los límites de las áreas seguras y de estabilidad en la ciudad, requieren de labores de zonificación de sitios críticos para que se actúe en consecuencia con la generación de un mapeo de protección y obras de mitigación de riesgos, en suelos y cauces.

Este diagnóstico en el territorio lo realizan dos cuadrillas del Área de Zonas de Riesgo, de la Secretaría de Protección Civil Municipal, con Jesús Zárate González y su experiencia de 23 años en servicio como coordinador técnico del equipo.

La prevención de desastres parte del entendimiento del entorno desde estos esquemas topográficos, geológicos e hidrológicos. Los conocimientos de mecánica del suelo, ingeniería civil e interpretación de planos altimétricos y planimétricos, les posibilita a los brigadistas crear dictámenes de prevención de anegaciones y deslizamientos de taludes.

Sin el análisis de cómo está conformado el territorio –en materia de curvas de nivel de superficie y profundidad de amortiguamiento de aguas –, qué comportamiento, fallas y modificaciones tiene, y cómo podría adecuarse el desarrollo urbano –regular o irregular –a esa realidad socioespacial, no habría forma de anticiparse a los desastres naturales con estrategias.

Desarrollo urbano, un esquema que debería privilegiar la protección de la tierra

De acuerdo con Jesús Zarate, los procesos de lotificación que tienden a ignorar o desconocer las variantes de riesgo de la tierra viven un escenario de incertidumbre con altas probabilidades de fatalidad.

Todo predio debe cumplir con una normativa mínima de 90 metros cuadrados en zona segura. De esa distancia hacia el río o barranca, es una zona restrictiva que ya no es apta para construir ni regularizar.

Incluso sitios no aledaños al sistema de cuencas requieren de un dictamen para conocer qué factores se deben respetar y cómo adecuar el proyecto inmobiliario en consecuencia.

Fenómenos como corrientes y bajadas de agua, escurrimientos, puntos de inundación o de reblandecimiento, entre otros, son circunstancias que amenazan el desarrollo de la vida social cuando no se contempla el peso y el paso que suelen retomar los flujos naturales, sin importar la presencia residencial.

“Mucha gente no viene a que se le asesore con nosotros porque no quiere que se le restrinja, que se le designe un área segura. Eso lo toman como una pérdida económica, el no poder construir en toda el área. Entonces no realizan el proceso adecuado, abaratan los costos para que la gente de escasos recursos se anime y compre”, explica Jesús.

Asentamientos humanos en zonas de alto riesgo son asentamientos de alta marginación social

Según la experiencia de Zárate González, el negocio con la tierra en zonas aledañas a los sistemas de cuencas de la ciudad, barrancas, ríos o vasos reguladores, se endilga de la necesidad humana de habitar un pedazo de suelo. Sea endeble, clandestino, oculto o absorto en el reclamo legal y natural del mismo, las familias vician el entorno por el derecho a la vivienda –un esquema caro e inasequible para comunidades pobres o muy pobres –, asentándose, literalmente, al margen del desarrollo, bajo condiciones precarias y en superficies de alto riesgo.

El oportunismo en la venta ilegal del territorio es un factor del desarrollo urbano irregular –detectado en campo por más de una instancia gubernamental, como el Área de Zonas de Riesgo o la Dirección de Bienes Patrimoniales, de la Secretaría del Ayuntamiento de Puebla –que también subyuga a los ocupantes a la incertidumbre jurídica, social y ambiental.

La ocupación irregular, entonces, se encuentra articulada por dinámicas de convivencia silenciosa para evitar el desalojo, comenta Jesús. Sólo cuando el suelo o el agua se sacude, su presencia se ve obligada a retirarse por la fuerza o a notificar su instalación para que se intervenga el sitio con un muro de contención o drenajes pluviales, con un bordo artificial o revistiendo los márgenes de un río con concreto.

Dado que la dinámica de asentamientos humanos en zonas de alto riesgo antecede a las obras de mitigación de desastres, las familias suelen realizar modificaciones paliativas al entorno que resultan contraproducentes.

Rellenar las barrancas no ayuda a prevenir inundaciones

Los ríos y ramblas poseen un nivel de profundidad que se traduce en una capacidad de amortiguamiento de aguas. En Puebla, debido a la temporada anual de altas precipitaciones, los cauces que tienen cuatro metros o menos de profundidad tienden a desbordarse.

Por ello, cuando la gente tira escombro o basura en barrancas y afluentes, rellenando las orillas como “medida de protección”, lo que en realidad generan es que estos pierdan su capacidad de amortiguamiento.

“Las convierten en zonas superficiales, y en lugar de barreras crean obstrucciones que, cuando llueve bastante, provocan inundaciones […] A la gente se le olvida que el agua tiene memoria y va a correr hacia los lados buscando su flujo”, ilustra Zárate González.

Los abanderados de la cultura de prevención

En condiciones de vivienda rústicas o consolidadas, los brigadistas del Área de Zonas de Riesgo se despliegan para detectar e interpretar huellas de desgaste y el estado físico de zonas de riesgo.

Las obras de gestión estratégica de estabilidad de suelos o manejo de aguas, que ejecutan en conjunto el Organismo Operador de Limpia, Agua de Puebla y la Secretaría de Infraestructura y Servicios Público, requieren de la cuantificación de indicadores que recaba el equipo de Jesús Zárate González, especialmente, previo a la temporada de lluvias.

De igual forma, los proyectos de desarrollo urbano ordenado y sustentable cuentan con el asesoramiento hidrogeológico, geotécnico y topográfico del equipo, para anticiparse a complicaciones estructurales futuras.

Su actuar en campo, todas sus acciones de análisis y dictaminación de impacto privilegian, en todo momento, la cultura de prevención y la reducción de niveles de amenaza o vulnerabilidad en sitios de alto riesgo de la capital poblana.