Cuando la vacuna nos alcance

SinoVac COVID-19

Por: Jessica Reyes

El 29 de marzo se rompió el desierto en las calles de Ciudad Universitaria, ese que por más de un año recorrió el complejo estudiantil sin atisbar un encuentro vívido que sacudiera su calma avezada.

La estrategia de vacunación contra la COVID-19 había llegado al sur de la Ciudad de Puebla con la intención de inmunizar – en una primera etapa– a 70 mil 800 personas adultas mayores de 60 años de esa demarcación territorial, donde más de 500 colonias participaron en el registro por obtener una dosis del fármaco chino SinoVac.

La traza académica se designó como zona de inoculación masiva, ejercicio que tornó por cuatro días consecutivos a los contornos de reja y camellones arbolados de lugar en ramblas humanas en búsqueda de su primea inducción de anticuerpos para encarar al coronavirus.

Así, una caravana de bastones, andaderas, sillas de ruedas y hasta camillas colmó CU, desde la Facultad de Cultura Física, por la avenida San Claudio, dando vuelta en 14 Sur, recorriendo bulevar Valsequillo, entre el Centro de Convenciones y la Arena BUAP.

Dos evocaciones opuestamente sensoriales marcaron la generalidad observada a las puertas de Ciudad Universitaria: el advenimiento de la vehemencia y el consuelo en menos de 90 minutos.

La espera, sin importar la hora, se volvió ingrávida, sólo la caricia de una hija a su madre la sostuvo desde el hombro en la necesidad de aguantar uno, dos, tres filtros de verificación y bioseguridad.

“Documentos en mano con su turno digital que indique fecha, horario y puerta de acceso”, vociferó un voluntario de la brigada, seguido por una voz omnipresente y pregrabada, que se expandió con el recordatorio de la sana distancia.

En la fila para acceder a las 9 de la mañana, con voz trémula y áspera, la señora Chelito ya había preguntado por tercera ocasión por qué se ha formado. “Para que te vacunen y puedas abrazar a Miguel”, le respondieron.

Miguel es ese personaje que ha sido cualquiera durante la pandemia, una figura expectante de un apapacho y de la certeza de inmunidad sobre un ser querido.

Y en la fila para acceder a las cinco de la tarde no se vio –seguramente en ningún lado de México se vio o se verá– un escenario sin episodios de histeria y caos, porque la urgencia por el anticuerpo era más grande que cualquier fila, carpa, gimnasio o universidad adaptada.

La molestia, incipiente, se expresó a gritos, intermisiones, habladurías y rictus de incertidumbre. No faltó el dúo o familia completa que llegó medio día antes de lo agendado, que omitió el proceso de registro o que buscó la inoculación sin ser mayor de 60 años.

Y es que también se requerían más manos organizadoras de apoyo, vallas para delinear el orden, carteles para disipar dudas y facilidades de movilidad para reorientar a las personas a sus correspondientes zonas de acceso.

Con el paso de la experiencia y del error, la logística fue adaptándose a mejores prácticas, más cómodas y eficientes para no adherir una dolencia extra de arrebato al colectivo en espera.

El chequeo de documentación fue exhaustivo, en la fila y dentro de las instalaciones, se cotejó de dos a tres veces la concordancia de identificación, domicilio y edad de la persona a vacunar.

De carpa en carpa, algunas con sillas otras sin ellas, el momento de sólo aguardar el desenfunde del inoculante se enmarcaba con la presencia de personal médico y de enfermería, así como de militares.

El encare conciliador entre brazo y biótico hacia de esa ultima formación una inyección de alivio.

Y la angustia de 70 mil 800 personas se derramó a la mitad.

Pasará un mes hasta que se convoque al segundo encuentro, coincidencia de cierre a la travesía de la vacunación por una segunda dosis que finalmente les arrebate el desconsuelo.