Corporalidad trasgresora: una mirada a la construcción escénica desde el movimiento del cuerpo

construcción escénica desde el movimiento del cuerpo

Por: Jessica Reyes

El arte escénico también es esa ruptura del idealismo de lo estético sobre la expresión del cuerpo.

Existen diversas corrientes del teatro y la danza donde el cuerpo se concibe y desarrolla para ser más que un elemento de contemplación estética, para trascender como un vehículo de expresión y discurso.

Edgar Lara, performante escénico con más de trece años de trayectoria en teatro, danza y en las artes circenses, explica que la corporización actoral va más allá de demostrar técnica: “Hay cuerpos rígidos, duros, frágiles, incluso con limitaciones motrices que, sin embargo, logran emanar una expresividad tan contundente que rompe con el sesgo de lo bello y lo artístico”.

Desde la danza inclusiva, la comedia del arte, así como en la danza butoh, por ejemplo, la emoción que se narra a través del cuerpo no persigue el virtuosismo, busca romper con una pose, esa que limita que la corporalidad se convierta en un fenómeno de creación poética del subconsciente.

Foto: Hadal Zona de Movimiento

Para Gris Manzanares, artista del Movimiento Ritualístico de Danza –expresión ligada a la danza butoh –, la corporalidad escénica es una dimensión de aprendizaje y evocación a partir del movimiento, donde se aprende a ubicar las emociones en el cuerpo antes de nombrarlas.

“Antes de decir me duele, primero acudo al cuerpo para saber dónde duele, porque ahí está el origen […] es focalizar eso que sientes y exponenciarlo para liberarte”, explica Gris.

Y continúa, “cada vez, redescubrimos el significado de qué estás dando como acción escénica, porque pues cosas bonitas ya hay muchas, pero cuando evocas más allá, ahí es en realidad cuando se pone interesante”.

Bajo esta perspectiva, el cuerpo es un canal que se abre con la finalidad de encarnar experiencias vivas y codificar momentos multisensoriales, aceptando la condición humana como una verdad innegable, para lograr atravesar las miradas de una audiencia.

“Hoy más que nunca, es necesario seguir representando eso que las personas no pueden –o no quieren –evocar por sí solas. Emociones que no alcanzan sino a través de nosotros […] somos posibilidad de expresión, un reflejo de la audiencia y los sentimientos que todavía no nombran”, aclara Edgar.

Así, pese a las resistencias a no revelarse vulnerable, o a la inversa, reconocerse en plenitud, la o el artistas escénico afronta un proceso de autoconsciencia, conocimiento y exploración que requiere alcanzar el cuerpo.

“Muchas veces nos da miedo rascar, llegar profundo y decir ¡Hey!, aquí hay porquería […] Desnudar el alma, mostrarse completo es una sensación de vértigo muy fuerte y, aun así, nos orillamos al vacío y le decimos a la gente ‘véanme caer’, con un solo movimiento”.

“Si a mí me duele aquí, así se ve cómo lastima”

Sobre el ejercicio de montaje e interpretación desde un nivel corporal, refiere Gris, todo inicia con una bitácora emocional, un registro exhaustivo de los recursos sonoros, elementos visuales, regresiones de memoria, tactos, etc., que se van a interiorizar para llevarlos a un flujo físico.

Lo que se busca es ir abriendo emociones a través de la estimulación corpórea; contracciones, espasmos, elevaciones, enredos y actos transgresores que permiten entrar en un estado de concentración máxima, donde las trivialidades de la cotidianidad se excluyen del trance.

“Lo importante es callar tu cabeza, para poder escuchar dónde te duele […] a través de técnicas de repetición vas sincerando una zona o una extremidad, cuestionando el por qué sientes en ese lugar y por qué ese sentimiento”.

Y agrega, “una vez que ya estás ahí, en esa zona de adentrarte en ti e intentar no engañarte, porque escuchando a tu cuerpo no te puedes mentir a ti mismo, la experiencia puede ser tan relevadora como te lo permitas”.

Entonces el cuerpo se vuelve suficiente, protagonista, casi infinito. Es enunciado por sí solo, sin la necesidad del verbo en voz alta para conectar, hacer sentir y volver cómplice al espectador, donde la resistencia del cuerpo no es sólo aguantar, sino hacer eco en alguien.

Audiencias no pasivas y dialéctica energética

La creación escénica es un arte vivo. Hay un ciclo de presencia, introspección, expresión-encarnación que culmina en el encuentro con las miradas de una audiencia.

Desde la danza inclusiva, la comedia del arte, así como en la danza butoh, el cuerpo es fuerza creadora que permite hacer de una experiencia contemplativa un momento más bien envolvente, donde dos seres pactan una conexión, se seducen y, mientras uno se abre, el otro se encuentra.

“Lo que es tuyo ahora es de alguien más […] Este proceso hace que el espectador se convierta en un actor, deja de ser un espectador pasivo, porque su cuerpo también está sintiendo”, revela Gris.

De esta forma, el juego sensorial entre los recursos de una escena; como el escenario en sí mismo, el guion y el vestuario –o la ausencia de estos –, el personaje y la audiencia, necesita de un detonante para integrarse armónicamente y llenarse de sentido: el movimiento.

Foto: Hadal Zona de Movimiento

La experiencia de Edgar le ha dictado que el cuerpo y la corporalidad se necesitan para contener y existir, cíclicamente. También sucede en la relación entre performante y espectador, pues se requieren entre sí para hallarse y vegetar.

“Hay una respuesta constante a partir del espectador”, puntualiza Gris, debido a que “cuando se envuelve y clava contigo, te ayuda a sostener la energía que estás generando”. El rebote energético, entonces, es fundamental en una ejecución corpórea-escénica, pues si este no se mantiene físicamente con la presencia del público, se crea “un hueco” que desgasta al actor o a la danzante ante la constante entrega de su ser.

“Como lo que buscas es estimular una respuesta, cuando tú emanas algo, al mismo tiempo debes recibir; miradas, expresiones, respuestas gestuales, etc. […] y cuando sólo estas dando, dando y dando, sin algo de regreso, sin una respuesta inmediata, pierdes el vínculo que te permite nutrirte en el acto”.

Es por ello que la virtualización de las representaciones artísticas del teatro y la danza es más que un reto de espacio, oportunidad y alcance, es un duelo del cuerpo por trascender un emplazamiento aislado, la pantalla de un celular, el internet y de regreso.

Así, la corporalidad como un acto trasgresor revela a un artista como ser tripartito, con una expresividad exhumada y un discurso figurativo, que, concluye Edgar, lleva a su encarnador a cuestionarse –en más de una dimensión de su vida –si se tiene un cuerpo o se es un cuerpo.