Otra cara del campo mexicano, repensar la producción y el consumo por la resiliencia de los ecosistemas

Otra cara del campo mexicano, repensar la producción y el consumo por la resiliencia de los ecosistemas

Por: Jessica Reyes

Adaptarse, de acuerdo con la Real Academia Española y aplicado a un ser vivo, significa “acomodarse a las condiciones de su entorno”.

Un invernadero, por ejemplo, es un ambiente en control para que un cultivo pueda adaptarse y crecer fuera de su hábitat natural. De esta forma, frutos silvestres como las berries –arándanos, frambuesas y zarzamoras – se siembran alejados de su ecosistema boscoso, suelo ácido y clima húmedo.

Así, los territorios naturalmente incompatibles dejan de serlo y el cultivo selectivo se extiende a escala de hectáreas, en serie de muros plastificados para cumplir con una demanda productiva.

Para Alberto Ruiz, ingeniero empresarial agrónomo que desde hace más de cinco años impulsa movimientos agroalimentarios alternativos, este esquema de ocupación masiva e importación de cultivos ajenos a los entornos regionales es un ejemplo de cómo el sistema agrario vigente ha perpetuado el deterioro de recursos naturales y el aceleramiento del calentamiento global.

Explica: “No sólo se está dando una alteración a suelos, mantos friáticos y sistemas hídricos para cumplir con el factor de nutrientes que sólo beneficia a estos productos y que, al contrario, condiciona el desarrollo de especies nativas, tanto vegetales como animales […] sino que también se genera una elevación de la temperatura en el ambiente de hasta cuatro grados, pues este plástico rebota en exceso la luz”.

Sobre las repercusiones ambientales de la agricultura comercial, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advirtió que este sector había provocado el 70 por ciento de la deforestación en América Latina, debido “al crecimiento de agronegocios a expensas de los bosques y recursos naturales de la región”.

Y es que, desde que la producción agroalimentaria viró hacia esquemas “más inteligentes” y acelerados, continúa Alberto, se consolidó la lógica de la siembra superintensiva y se plantaron ejercicios de cultivo caracterizados por la industrialización –desde la ultratecnificación de la mano de obra hasta la modificación genética de semillas –, el rocío químico, los monocultivos y el acaparamiento extensivo de tierras.

“En nombre del progreso y la suficiencia de alimentos se empezó una carrera de quién produce más en menos espacio, con insumos supuestamente eficientes […] Esto llevó al modelo actual a romper con el ciclo del carbono y cortar el círculo de regeneración de suelos”, lo cual, apunta, tiene un impacto sustancial en el medio ambiente, pues no sólo se libera CO2, sino que, también, se hace más propenso al entorno a la erosión de la tierra.

En consecuencia, refiere Alberto, la dinámica de la siembra industrial también ha generado un sistema no virtuoso en la siembra a campo abierto, donde el suelo se deja con déficit de nutrientes y, por lo tanto, se da entrada a la industria agroquímica de fertilizantes y herbicidas, debido a que “resulta más fácil cultivar una sola cosa que procurar una diversidad vegetal y más productivo acelerar el siguiente proceso pasando el arado inmediatamente que se concluye el ciclo de cosecha”.

Un suelo sin rotación de cultivos fomenta el incremento de malezas, plagas y enfermedades que se hacen resistentes a métodos de control. Asimismo, el volteo de la tierra, no sólo libera nuevamente hacia la atmósfera todo el carbono que ya se había logrado secuestrar y que estaba siendo procesado en el suelo, sino que mata la actividad biológica, materia orgánica y nutrientes que se habían formado, y la deja vulnerable al desgate por climatización.

Hacia sistemas agroalimentarios resilientes

En el texto Agricultura regenerativa y el problema de la sustentabilidad. Aportes para una discusión, de Ismael Pablo Ibarra Vrska, doctor en Ciencias Agrarias y realizador de estudios rurales, define la agricultura regenerativa como un modelo de transición que busca devolverle al entorno su capacidad de resiliencia, mediante prácticas más bien conciliatorias a nivel ecosistémico y comunitario, pues se rige bajo principios éticos donde los patrones naturales regionales dictan las prácticas agrícolas, en lugar de los patrones industriales.

A su vez, atribuye a este esquema un abordaje contracultural sobre el sistema de producción hegemónico comercial, de forma que cuestiona la adaptación de la idea que engloba la sustentabilidad para aliarla a modelos de planificación que sólo persiguen garantías de producción de bienes y servicios, en nombre de la preservación de la tierra.

La narrativa de la sustentabilidad ha dado paso a una dinámica de consumismo verde que no ha sustituido a otros mercados, sino que aparecen como una opción más […] Esto la ha convertido más en un slogan, en un recurso discursivo, normativo y burocrático que busca la aceptación general y también deslinda de la responsabilidad real sobre las acciones que se llevan a cabo. Incluso, se afirma que la sustentabilidad, a raíz de su definición, es la forma de mantener el statu quo, produciendo cambios mínimos que permitan la permanencia de la organización sociopolítica actual, expone el artículo.

Bajo estas postulaciones, la mirada al suelo es fundamental para restablecer una red ecosistémica sana, puntualiza Alberto, pues implica devolverle el reconocimiento a la tierra como la base fundamental de la alimentación y nutrición que, además, se encuentra intrínsecamente relacionada con procesos complementarios de estabilidad medioambiental.

“De lo que se trata esto es de dejar la labranza, dar cobertura al suelo e integrar especies de amortiguamiento, seguir esquemas de policultivos, sumar al ciclo virtuoso a plantas, hongos, bacterias, animales, y buscar que la biodiversidad de los ecosistemas vuelva a su estado natural”, detalla.

Si bien, las condiciones sociales, culturales y económicas son diversas en cada región, por lo tanto, también las formas de consumo, Alberto sostiene que la idea de replicar este movimiento agroalimentario alternativo tiene todo el potencial de ser más rentable e instaurar mejores expectativas de comercio justo, puesto que, al devolver su potencial al territorio de siembra, se generan ahorros de hasta dos terceras partes en insumos de fertilidad, valor nutricional y resistencia al cambio climático, con lo cual, incluso se rompe la relación de dependencia con industrias agroquímicas o de semillas transgénicas.

Al mismo tiempo, al contraponerse a esquemas de ultratecnificación de labores –principalmente en materia de tracción mecánica –, se generan oportunidades de empleo y una nueva perspectiva de asociación campesina.

¿Cómo acompañar el empuje de cambios estructurales desde la acción individual no productora?

La importancia de llegar con este tema a la sociedad no productora, sostiene Alberto, está en hacer visible lo que representa – en términos de costo social, ambiental, cultural, y no sólo el económico –, el pedir berries en una temporalidad y una región donde no se da de forma natural, por ejemplo.

Adaptar el entorno al ritmo de la voracidad de lo inmediato ha puesto en evidencia lo ruinoso de las dinámicas extractivas y de los nichos de consumo masivo, generados principalmente por mega industrias comerciales.

Pese a que pareciera una problemática que supera el poder de la acción individual, para Alberto, la concientización, el diálogo y la re-educación son fundamentales para crear un ciclo de conocimiento-acción positiva, donde se busca que la suma de intentos personales conduzca a la organización colectiva, bajo principios de responsabilidad que permitan exigir y desarrollar otras formas de trabajar la tierra y, por lo tanto, de mercantilizar sus insumos.

“Al final del día los productores se mueven según el mercado […] y este cambio de visión de cómo compramos, de qué nos alimentamos y a qué ritmo, es una chamba que le toca a la sociedad no productora”, afirma.

Así, cuando se asume posible el cambio de paradigma a nivel estructural, abandera Alberto, se pueden trastocar escenarios de agenda política, desde donde se puede acompañar esquemas alternativos que procuren el uso social de la tierra, apegados a instrumentos normativos con criterios ambientales, incentivos financieros y planes de aplicación, así como garantías de una distribución agrícola con perspectiva de justicia social.

Cultivo de brócoli asociado al manzano