Verdades pandémicas: normalicemos hablar de salud mental

Verdades pandémicas: normalicemos hablar de salud mental

Por: Jessica Reyes

En promedio, una persona en México busca ayuda psicológica después de seis años de vivir –y finalmente darse cuenta –que lo que experimenta no es sano para su bienestar mental, regularmente cuando ya todo se la ido de control, refiere la psicóloga clínica y terapeuta poblana, Andrea Pozos Flores. Seis años, como mínimo, de confrontamiento con sensaciones que consumen, deterioran y frenan el goce pleno de la vida.

Tras la embestida súbita a la normalidad por la pandemia de COVID-19, factores de riesgo emocionales, psicológicos y hasta neurológicos se posicionan para impactar el bienestar psíquico generalizado del mundo, como secuelas de la enfermedad.

El fenómeno de la alta incidencia de episodios de estrés, ansiedad y depresión, por ejemplo, ha puesto en evidencia la necesidad de concienciar sobre el cuidado de la salud mental, señala Pozos Flores, al tiempo de explicar que el coronavirus ha sido más un detonante desestabilizador de la cotidianidad que un causante en sí de este tipo de padecimientos.

“Con motivo del miedo, la preocupación o el dolor que causa la COVID-19, por perder a alguien, por ejemplo, la gente se ha acercado a hablar de problemas que en realidad son muy viejos, de estados (emocionales) que no llegaron con la pandemia”, apunta.

Así, como un factor que se suma a la pérdida de la certidumbre, que abona a la angustia y a la desesperanza, el coronavirus develó que mucho de lo que ahora abordan las personas en terapia ya estaba ahí, sólo que no lo habían nombrado.


“Hay gente que viene por duelo, tras perder a un padre, al tío, un abuelo, pero en la entrevista te das cuenta que en realidad no es duelo […] era violencia, abuso, y resulta ser conflicto por una sensación ambivalente de tristeza y alivio que trajo su muerte”, narra Andrea.


“Como el cuidado de la salud mental no está incluido dentro de nuestra cultura, muchas veces justificamos conductas a partir de una escala de emociones. Pareciera que diéramos licencia a una persona, por su estado de estrés constante, a que sea agresivo, se muestre irritable y se desquite con todos”.


Con la pandemia de COVID-19 y la difusión que se le ha dado al cuidado del bienestar emocional como consecuencia de la infección, menciona Pozos Flores, se destaparon experiencias y sensaciones causales de síntomas psíquicos más antiguos que la ansiedad por el contagio, el estrés derivado de la incertidumbre económica de la contingencia sanitaria o la aflicción tras el fallecimiento de un familiar, por nombrar algunos.


Antes de la pandemia, México ya era el país con más estrés laboral, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, debido a una prevalencia del 75 por ciento de esta condición en su fuerza productiva (2019).
A su vez, 15 de cada 100 habitantes ya vivía con depresión diagnosticada (2018) –según información de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia (DGDC) de la UNAM –, y estimaciones del Senado de la República cuantificaba que un 14.3 por ciento de la población mexicana ya padecía trastornos de ansiedad (2017).


De esta manera, como resultado de un hacinamiento de afecciones –que además es trastocado por un indolente e improvisto escenario pandémico –se desencadenó una dinámica de comorbilidad con otras patologías igualmente psicológicas o hasta físicas que afectan el pensamiento, estado de ánimo y comportamiento de una persona.


“La gente, en tanto se adapta a los factores que le rodean, puede aumentar su tolerabilidad a estas emociones, sin estar consciente de ello, pero con esto (la COVID-19) no hubo el tiempo”, subraya Andrea.

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De sentimientos a padecimientos

Hay transiciones cruciales en un estado de anímico cuando un sentimiento se convierte en síntoma y, este, a su vez, escala a ser una enfermedad. Sin embargo, puntualiza Pozos Flores, la elevación de las emociones no es un proceso palpable o lineal.

Rasgos de personalidad, aspectos culturales, sociales, laborales y económicos determinan el grado de normalidad o aceptabilidad de ciertas manifestaciones psíquicas de un ser, lo que dificulta la caída de conciencia de forma oportuna.

“Un paciente llega casi siempre cuando su situación ya es insoportable, y refiere que no se da cuenta en qué momento perdió el control”, revela Andrea.

“Un indicador esencial es la otredad, el contacto con el otro se vuelve un referente de que algo ya no está bien. Cuando alguien te lo señala, es un buen momento para reflexionar al respecto y checarlo”.

Pozos Flores aclara que el estado emocional y psicológico de cualquier persona es multifactorial, por lo que no depende únicamente del individuo, sino de las micro y macroestructuras sociales que lo van modificando.

Por ello, recalca que la idea de que ‘el tiempo lo cura todo’ es inválida –y casi siempre contraproducente –, pues perpetua estados psíquicos no saludables:

“Si bien, existen estímulos ajenos que pueden ayudar a salir de malos ratos, como caer en un enamoramiento o reconectar una vieja amistad o probar un nuevo hobbie, eso no significa que una situación se haya curado, por eso mucha gente recae o repite conductas indeseables en nuevas etapas”. Concluye que “en medida que se normalice la necesidad de hablar de salud mental, habrá más chance de detectar a tiempo ciertos padecimientos […] es un tema de autoconocimiento y aceptación”