Rompiendo el cerco del abuso psicológico y la manipulación afectiva

Por: Jessica Reyes

La forma de abuso psicológico que provoca que una víctima cuestione o dude de su propia cordura es conocida como gaslighting. Quien ejerce este tipo de manipulación emocional busca imponer una dinámica de poder en una relación afectiva.

Este es el testimonio de Cassandra*, una joven que se liberó del cerco de la violencia afectiva y que exhibe cómo las palabras y el lenguaje pueden tener consecuencias significativas en la salud mental de una persona.

Empatizar para conectar

Él era mi compañero de estudios en la facultad.

Traté de ser muy reservada con él desde que lo conocí y sólo dedicarme al trabajo, pero comenzó a ganarse mi confianza y a mostrarme que teníamos mucho –demasiado –en común. Sin darme cuenta, empecé a compartirle cosas que creí irrelevantes, pero que después le fueron dando mucho poder sobre mí, porque las puso en mi contra, como mis ideales, concepciones de las cosas y proyectos de vida.

Yo me preguntaba si era posible el parecernos tanto. El hecho de que fuera tan perfecto a mí me hacía ruido, más porque no creía en las relaciones platónicas.

Me dio la ilusión de que queríamos lo mismo y que él era lo que yo estaba buscando. Al principio, se mostró como el hombre más maduro, el más comprensivo, sensible y empático. Como avanzaron los meses y nos fuimos haciendo amigos –ahora me doy cuenta –aprovechó para recabar toda la información posible sobre mí. Fue paciente y muy ágil para utilizar lo que aprendió y conectar conmigo.

Él comenzó a endulzarme el oído, a idealizarme y a otorgarme valor, a enaltecer mi inteligencia, que yo era muy guapa e interesante, singular, etc., eso me hizo iniciar la relación muy ilusionada.

Tardó como un mes en comenzar a mostrar comportamientos tóxicos, una vez que ya estábamos andando.

Desmoralizar y aislar para controlar

La convivencia diaria me hizo normalizar ciertos comportamientos que él tenía

Inició con actitudes “repentinas” que justificaba y lamentaba inmediatamente. Se las fui pasando porque creí que eran episodios aislados y que cualquier persona puede tener momentos.

Era sutil porque decía cosas que eran parcialmente ciertas, pero distorsionadas de la verdad.

Poco a poco fue avanzado el tono, comenzaron las agresiones verbales, los ataques indirectos, a confundirme y manipularme. Me empezó a dar miedo hablar, tiró mi autoestima por los suelos, me hacía dudar de lo que estaba pasando; negaba cosas, mentía, intentaba poner a gente que conocíamos en mi contra y me orillaba a perder el quicio para hacerme quedar como la inestable.

“Ves cómo estás reaccionando, la que se está poniendo loca eres tú”, yo no hice nada”, me decía enfrente de otros para evidenciarme, cuando en lo privado me había empujado al límite para que perdiera el control.

Todos esos conceptos que él alababa al principio, empezó a señalarlos como defectos:

“Eres única, pero tus defectos también, ¿quién en su sano juicio es así?”.

Me fue acallando.

-¿Qué, no quieres que hable o que opine?

– ¡No! no quiero que digas nada

Me fue aislando de mi familia y amigos, me incapacitó para seguir estudiando.

Cuando llegas al grado de inseguridad en el que ya no confías en lo que piensas, en lo que crees y hasta en quién eres, comienzas a darle la razón. Te lo repite tantas veces que te dices “a lo mejor y sí es cierto, yo estoy mal”.

Terminas casi tatuándote todo lo que te dijo: sí, soy pendeja; sí, soy incapaz; sí, no soy suficiente, sí, la gente abusa de mí, pero él no.

Me hacía sentir que no sabía vivir, que no era competente para tomar mis propias decisiones, y que para eso estaba él, para cuidarme y para encaminarnos a los dos. Creó una relación de dependencia.

Informarte para darte cuenta y huir

La psicóloga me dijo “estás en una relación violenta, tienes que huir de ahí”.

Yo ya estaba jodida, con depresión y desarrollando un trastorno de ansiedad. Si dejaba la facultad para alejarme de él, yo me iba a hundir en mi casa, por ello, traté de aferrarme a las clases para no perder todo.

No tenía la menor idea de cómo enfrentarlo, tampoco me sentía capaz de pedir ayuda, me daba pena aceptar que había caído en una relación de abuso y, además, creía que todo el mundo me iba a tener en el concepto que él creo de mí: tonta, incompetente, exagerada, loca.

Informarte de este tipo de cosas es lo que puede hacer la diferencia. Cuando yo leí un artículo y me descubrí con todos los ‘síntomas’, empecé a tener en claro el tipo de persona con la que estaba.

Dejé de encubrirlo –porque como esto no es tan obvio como un golpe, lo justificas mucho –, dejé de creer en que iba a cambiar, porque sí, está esa confusión de que es bueno, de que en algún momento fue bueno por todo el bombardeo de amor que me dio al principio.

El apoyo de mi familia, amigas y amigos fue clave para darme cuenta que no, efectivamente, no estoy loca, que tengo el valor y la fuerza para no volver.

Terapia para sanar

La terapia previa a la ruptura me ayudó mucho.

Sí, resta el miedo a que me vuelvan a hacer daño. Ahora todo el tiempo estoy a la defensiva y hay muchos aspectos de mí que siguen reprimidos. Estoy en ese proceso de reconstruir la confianza en mí misma.

Queda una predisposición a no confiar, a no entregarte, a no ser amorosa. Restan situaciones cotidianas que todavía se ven trastocadas por lo que pareciera una simple frase como un “¿segura?”.

Queda algo peor, un mecanismo inconsciente de defensa basado en sus comportamientos.

En mi nueva relación me caché siendo él, haciendo comentarios agresivos e hirientes, pero sutiles, o siendo controladora.

Fue sumamente impactante caer en conciencia que estaba actuando de esa forma y, a la fecha, lo sigo trabajando en terapia, como una secuela de todo esto.

Mi psicóloga dice que es común que las personas que han vivido este tipo de experiencias repliquen ciertas actitudes nocivas –normalizadas –como recurso para evitar que les vuelvan a herir.

Pero yo no soy igual que él.

Gracias a la terapia me di cuenta de que nadie te puede hacer daño, ni siquiera ese que crees el amor de tu vida. Seguiré aquí, haciéndome responsable de mi salud mental y afectiva, cuidándome.

Porque aceptar que necesitas ayuda está bien.

Yo venía arrastrando muchas culpas, pero me di cuenta de que tenía que perderle el miedo al diagnóstico y afrontar que estaba padeciendo.

Todas y todos tenemos la oportunidad de sentirnos plenos y, al mismo tiempo, encontrarnos vulnerados al punto de no lograrlo.

Quebrándose una pierna no es la única manera de sentirse roto. Así como un accidente trae consecuencias físicas, una experiencia de abuso también las arrastra.

La salud mental es una parte más que debo (debemos) cuidar cual fractura.

La rehabilitación duele, sí, sientes miedo, sí, te frustras, sí, sientes que te estancas en el pasado y hay muchas cosas que no quieres escuchar, pero al final, es parte de un proceso de sanación y de amor propio.

 *Seudónimo para proteger su identidad