Apuntes sobre la vejez, por una experiencia digna y acompañada

Por: Jessica Reyes

  • En México viven 15.4 millones de personas de 60 años o más

La vejez es una etapa vivencial diversa e individual que no debería ser reducida a prejuicios cotidianos que la definen sólo como un estado de padecimiento o decadencia.

Cada hombre y mujer trasciende a la vejez de manera distinta. Para Nora Ligia Flores Arnult, médico geriatra de la ciudad de Puebla, no hay una forma única de experimentar la adultez mayor. 

De acuerdo con Nora, para entender el tema es necesario diferenciar las acepciones vejez y envejecimiento. El primer término se refiere a la etapa de la vida que refleja la biología, el contexto social, la visión y la actitud de cada persona, mientras que el segundo define al proceso de adaptación gradual a este nuevo estilo de vida.

Esta transición, según el Instituto Nacional de Geriatría, se encuentra caracterizada “por una disminución relativa de la respuesta homeostática, es decir, del equilibrio que le permite al organismo mantener un funcionamiento adecuado, debido a las modificaciones morfológicas, fisiológicas, bioquímicas y psicológicas, propiciadas por los cambios inherentes a la edad y al desgaste acumulado ante los retos que enfrenta el organismo a lo largo de la historia del individuo en un ambiente determinado”.

Es por ello que este acontecer de la existencia no se debe de asumir como un fenómeno homogéneo, pues así como hay vejez que va de la mano de enfermedades, hay vejez sana. De hecho, de acuerdo con cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 85 por ciento de la población adulta mayor del país es independiente para realizar actividades cotidianas y el 44 por ciento sigue siendo un perfil activo económicamente.

En ambos casos, recalca la doctora Ligia, se debe considerar y atender un entretejido de factores que no por considerarse en “la última etapa de la vida” se deben obviar, tales como trato digno, respeto a su individualidad, integración social, cuidado clínico (físico y mental), seguridad alimentaria, estimulación afectiva y solvencia económica.

La discusión cobra relevancia cuando se observan cifras nacionales de hasta dos millones de personas adultas mayores en condición de abandono y maltrato, según estadísticas del Sistema Nacional DIF.

Es debido a este contexto violatorio de sus derechos humanos, específicamente de los principios de dignidad y cuidados, que el fortalecimiento de las redes familiares de apoyo es sustancial para garantizar una vejez plena, asegura Nora.

Explica que, al ser la familia el círculo social más cercano, es el primer grupo desde el que se propicia su inclusión y se procura su rol social. La generación de un sentido de pertenencia, así como la atención de sus necesidades económicas, clínicas, emocionales y de alimentación son consideraciones básicas para que una persona adulta mayor “de pasos firmes mientras se adentra en esa etapa de vida”.

Por ello, una experiencia de vejez aislada tiene más riesgos de no lograr una correcta adaptación al medio que lo rodea ni una buena habituación con su propio cuerpo.

De acuerdo con Nora, como parte clave del entendimiento del envejecimiento se encuentra la caída en conciencia de que la vejez no puede entenderse como una fase de la vida aislada de las anteriores.

Desde la acción individual y temprana, la cultura del autocuidado es crucial para abonar a la reducción de escenarios de riesgo durante esta metamorfosis hacia la longevidad.

Asimismo, otra consideración sustancial, acota la doctora Ligia, es no negar la llegada de la muerte. Esperarla como una consecución natural también es crucial para ligarla a estos procesos de búsqueda cíclica por un bienestar.

“Se deben romper las barreras del tabú e ir anticipando qué es lo que se quiere y cómo se pretende alcanzar de la manera más digna posible el final, independientemente si el desenlace se da por una situación propia de la edad o por enfermedad”.